
Hay días que cuando salgo a caminar pongo en práctica mi mejor experiencia: cerrar los ojos. No me interesa fingirme ciego ni llegar a serlo, sólo cerrar los ojos. Caminar, volver a abrirlos , detenerme, cerrarlos. No me importa que al abrirlos el mundo regrese, sino que desaparezca al cerrarlos. Después, sentado en el jardín, volverlos a cerrar en ciertos momentos singulares. Si llaman a la puerta o suena el teléfono, contestar con los ojos cerrados. En el amanecer o cuando cae la noche cerrar los ojos, crearme una oscuridad perfectamente voluntaria. sombra sin mundo, sin nada que ocurra.
Al final alcanzar un éxito muy simple: cerrar los ojos: ausentarme.
